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Introducción

23 de mayo, 2019 - 9 de septiembre, 2019

En 1968 el artista alemán Gerhard Richter pintó la primera de sus obras tituladas Marina (Seestück). Tres décadas y una veintena de óleos separan aquel lienzo de la última marina que el artista realizó, en 1998, que pertenece a la Colección del Museo Guggenheim Bilbao. A lo largo de todos estos años, hemos ido viendo cómo estos paisajes adoptaban diferentes tamaños y formatos, y se presentaban con diversos colores y estilos; a una marina abstracta en la que apenas se intuye la línea del horizonte le siguen otras en las que al fotorrealismo del cielo solo se contrapone una ambigua luz. Los cielos, inmensos, ocupan gran parte del lienzo y solo en dos ocasiones su superficie es superada por la del mar; el horizonte se revuelve con formaciones nubosas de cirros, cúmulos o estratos, o se muestra en absoluta calma.

Estas obras contienen alusiones a lo épico del paisaje, y también a lo reconocible o lo engañoso que podemos encontrar en él; además, remiten al mismo tiempo a la tradición y a la ruptura con ella. Una marina de Richter es mucho más que una representación del mar; es una invitación a la contemplación de una ilusión, que quiebra las reglas de la naturaleza, para hacerla más bella, más sublime y, sobre todo, perfecta. Estos paisajes toman como punto de partida un collage que proviene de dos fotografías diferentes, una del cielo y otra del mar, para crear así la imagen ideal, una composición ilusoria en la que la perspectiva y la luz tienen algo que nos atrapa. La superficie lisa de estas pinturas, semejante a la de las fotografías, se consigue mediante una técnica de desdibujado con escobillas de goma que posibilita aplicar el pigmento muy diluido. 

Muchos autores relacionan estas creaciones de Gerhard Richter con la obra de Caspar David Friedrich; y el propio artista ha afirmado al respecto en una entrevista: “Mis paisajes tienen conexiones con el Romanticismo: a veces siento un auténtico deseo, una atracción, hacia ese período, y algunas de mis pinturas son un homenaje a Caspar David Friedrich”. Pero, si bien tanto la obra de Friedrich como la de Richter nos enfrentan a lo sublime de la naturaleza, la escala monumental de los cuadros de Friedrich se hace evidente a partir de la figuración humana que introduce en ellos, mientras que en los paisajes de Richter el propio espectador se convierte en la referencia que permite deducir la escala de sus marinas.

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